Hace unos días, durante una cena, mi padre me preguntó qué era exactamente eso de los
chats, “o lo que quiera que la gente hace cuando se escribe a través de Internet”. Es un
hombre un tanto suspicaz ante las nuevas tecnologías, de manera que me vi obligado a
lidiar en tres frentes a la vez, añadiendo además el hecho de que la pregunta, planteada
con intenciones solapadas, sonó como un aldabonazo y me desconcertó unos segundos.
Las tres líneas de ataque de las que hablo eran las siguientes: una, la que me obligaba a
describir de manera superficial las bases tecnológicas de los chats, ya que mi padre los
había comparado con sistemas de comunicación más convencionales, y yo debía
establecer las distancias adecuadas. En segundo lugar, le expliqué los elementos de la
práctica, como por ejemplo la interfaz típica de un software de chat o las funciones básicas:
flujo de texto en tiempo real y transmisión de archivos, así como el modo en que los chats
se organizan y pueden ser disfrutados en diversas salas; se conoce que cosas muy
elementales. En tercer lugar le sugerí la utilidad de los chats, sus ventajas frente a otras
formas de comunicación a distancia y le expliqué, de forma más general ya, que pese a su
postura, Internet constituye en gran medida el sistema sanguíneo del futuro, aunque en el
mejor de los casos se trate arterias de fibra de carbono... De ahí pasamos a conversar
acerca de cuestiones mucho más diversas en torno a la Red, pero esto ya no tenía
importancia. Un tema u otro era un asunto de formas.
En realidad, yo no siento mucha atracción por los chats genéricos, y si acaso opto por
aplicaciones de mensajería instantánea. Pero aquella conversación me reveló algunas de
las bases que, después, me ayudarían a responder a una usuaria en cierto foro de
diseño
web. Su pregunta era: “Aunque no sé mucho de ordenadores, siempre estoy enganchada, y
ahora quiero hacer mi propia página web. ¿Por dónde empiezo?”
Desde luego eso era toda una declaración de intenciones y no existía, ni existe, una
respuesta infalible. El desarrollo web es un proceso creativo e íntimo, como lo es la
navegación en Internet; ¿dónde voy si me conecto a la Red? Pues eso depende de ti. Es
más: lo probable es que muy pronto ya ni siquiera dejes que otros usuarios compartan y
fisguen en tu historial. De la misma manera, una vez que empezamos a diseñar, decidimos
que nadie puede entrometerse en nuestra forma de trabajar. ¿Cierto?
Entonces, ¿quiere esto decir que no hay una especie de protocolo de principiantes? Oh, sí
que hay un protocolo, un camino de baldosas que todos solemos seguir para llegar a
nuestro destino (naturalmente, el destino de cada usuario es distinto, y mientras más
diferente e ingenioso, mayor será el aprendizaje).